Autor Tema: Fragmentos literarios  (Leído 44044 veces)

Coimbra

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Fragmentos literarios
« en: Julio 02, 2014, 14:13:13:51 pm »
La cascada le llamaba con palabras que sólo él podí­a comprender. En aquel instante sintió que todo su cuerpo temblaba. Tení­a ganas de reí­r y de llorar a un tiempo, y se supo arrastrado por aquella voz nacida del agua.

-Vayamos al manantial -dijo Aranmanoth agarrando de la mano a Windumanoth.

Y corrieron hacia la pequeña cascada con todo el entusiasmo de quienes intuyen que la felicidad está cerca, más de lo que jamás hubieran imaginado.

Hací­a tanto calor que, sin apenas darse cuenta, se fueron desnudando. Y así­, el uno frente al otro, con las manos unidas, se adentraron en la cascada. Se abrazaron bajo el torrente luminoso del agua y descubrieron cuán hermoso y placentero puede llegar a ser un cuerpo amado cuando se acaricia. Conocieron lo que es y será, por los siglos de los siglos, el encuentro con la vida, por más que dicho encuentro tenga lugar en un único y fugaz instante. Lo que les estaba ocurriendo, bajo la luz y el agua, era como el bosque, como el viento que arrancaba voces de la hierba y, en definitiva, como ellos mismos.

Cuando salieron de la cascada se vieron reflejados en las aguas del manantial y se dieron cuenta de que toda la luz del sol caí­a sobre sus cuerpos. Ellos no lo sabí­an, pero lo que les habí­a sucedido era la repetición de aquel dí­a, lejano pero inolvidable, en que el joven Orso, el actual Señor de Lines, se encontró con el hada del manantial.

Aranmanoth y Windumanoth salieron del agua y se contemplaron el uno al otro como si se vieran por vez primera. Habí­a tanta alegrí­a en ellos que apenas podí­an contener la risa. Por sus cuerpos resbalaban las gotas de agua, y se detení­an en sus pestañas, en el vello, y en el borde de sus largos cabellos, ahora convertidos en una masa espesa. De ellos caí­an diminutas cascadas que se deslizaban por sus hombros.

Y entonces se tendieron en la hierba, el uno en brazos del otro, y de nuevo se encontraron y sintieron que se conocí­an, o se reconocí­an, desde un tiempo tan remoto como nuevo, tan dilatado como fugaz. Rodaron suavemente enlazados, sus labios y sus cuerpos tan unidos que parecí­a que nunca podrí­an separarse.

Fue así­ como descubrieron el profundo significado de aquella palabra que tantas veces habí­an escuchado en la voz del muchacho de los ojos negros, en sus canciones, y en las historias que contaban las mujeres junto al fuego. Y aunque parecí­a una palabra mágica que despertaba en su piel y en su más remota memoria, sin embargo era la palabra más simple y poderosa; la única capaz de distinguir a las criaturas humanas de las que no lo son.



Matute, Ana Marí­a. Aranmanoth.

Cam

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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #1 en: Julio 02, 2014, 15:01:01:44 pm »
Coimbra te echaba de menos  :) , me gusta mucho este lilo.
"Ante todo, respétate a ti mismo."

Pití goras

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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #2 en: Julio 03, 2014, 01:27:27:46 am »
"La cuna se balancea sobre un abismo, y el sentido común nos dice que nuestra existencia no es más que una breve rendija de luz entre dos eternidades de tinieblas. Aunque ambas son gemelas idénticas, el hombre, por lo general, contempla el abismo prenatal con más calma que aquel otro hacia el que se dirige (a unas cuatro mil quinientas pulsaciones por hora). Conozco, sin embargo, a un niño cronofóbico que experimentó algo muy parecido al pánico cuando vio por primera vez unas pelí­culas familiares rodadas pocas semanas antes de su nacimiento. Contempló un mundo prácticamente inalterado -la misma casa, la misma gente-, pero comprendió que él no existí­a allí­, y que nadie lloraba su ausencia. Tuvo una fugaz visión de su madre saludando con la mano desde una ventana de arriba, y aquel ademán nuevo le perturbó, como si fuese una misteriosa despedida. Pero lo que más le asustó fue la imagen de un cochecito nuevo, plantado en pleno porche, y con el mismo aire de respetabilidad y entrometimiento que un ataúd; hasta el cochecito estaba vací­o, como si, en el curso inverso de los acontecimientos, sus mismí­simos huesos se hubieran desintegrado."

Vladimir Nabokov: Habla, memoria

Coimbra

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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #3 en: Julio 03, 2014, 06:46:46:23 am »
Desde entonces empezaron unos dí­as angustiosos, interminables. Los tres pasaban el dí­a encerrados en el cuarto, sin hablar, sufriendo una especie de reclusión forzosa. Efraí­n se revolcaba sin tregua, Enrique tosí­a. Pedro se levantaba y después de hacer un recorrido por el corralón, regresaba con una piedra en la boca, que depositaba en las manos de sus amos. Don Santos, a medio acostar, jugaba con su pierna de palo y les lanzaba miradas feroces. A mediodí­a se arrastraba hasta la esquina del terreno donde crecí­an verduras y preparaba su almuerzo, que devoraba en secreto. A veces aventaba a la cama de sus nietos alguna lechuga o una zanahoria cruda, con el propósito de excitar su apetito creyendo así­ hacer más refinado su castigo.

Efraí­n ya no tení­a fuerzas para quejarse. Solamente Enrique sentí­a crecer en su corazón un miedo extraño y al mirar a los ojos del abuelo creí­a desconocerlo, como si ellos hubieran perdido su expresión humana. Por las noches, cuando la luna se levantaba, cogí­a a Pedro entre sus brazos y lo aplastaba tiernamente hasta hacerlo gemir. A esa hora el cerdo comenzaba a gruñir y el abuelo se quejaba como si lo estuvieran ahorcando. A veces se ceñí­a la pierna de palo y salí­a al corralón. A la luz de la luna Enrique lo veí­a ir diez veces del chiquero a la huerta, levantando los puños, atropellando lo que encontraba en su camino. Por último reingresaba en su cuarto y quedaba mirándolos fijamente, como si quisiera hacerlos responsables del hambre de Pascual.

La última noche de luna llena nadie pudo dormir. Pascual lanzaba verdaderos rugidos. Enrique habí­a oí­do decir que los cerdos, cuando tení­an hambre, se volví­an locos como los hombres. El abuelo permaneció en vela, sin apagar siquiera el farol. Esta vez no salió al corralón ni maldijo entre dientes. Hundido en su colchón miraba fijamente la puerta. Parecí­a amasar dentro de sí­ una cólera muy vieja, jugar con ella, aprestarse a dispararla. Cuando el cielo comenzó a desteñirse sobre las lomas, abrió la boca, mantuvo su oscura oquedad vuelta hacia sus nietos y lanzó un rugido:

¡Arriba, arriba, arriba! »“ los golpes comenzaron a llover »“. ¡A levantarse haraganes! ¿Hasta cuándo vamos a estar así­? ¡Esto se acabó! ¡De pie!...

Efraí­n se echó a llorar, Enrique se levantó, aplastándose contra la pared. Los ojos del abuelo parecí­an fascinarlo hasta volverlo insensible a los golpes. Veí­a la vara alzarse y abatirse sobre su cabeza como si fuera una vara de cartón. Al fin pudo reaccionar.

»“ ¡A Efraí­n no! ¡í‰l no tiene la culpa! ¡Déjame a mí­ solo, yo saldré, yo iré al muladar!



Ribeyro, Julio Ramón. «Los gallinazos sin plumas». Cuentos.


Coimbra

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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #4 en: Julio 04, 2014, 06:28:28:14 am »
Pero al sentirlo, la arrojó lejos de sí­ y regresó a los pies de la reina. Los besaba con desesperación, los bañaba con sus lágrimas.

  -Ay, Cleopatra. Tu fantasma contiene la más cruel de las perfidias. ¡Por tu culpa hasta los cuerpos que destilan miel son para mí­ fuentes de absenta!

  -Mí­rame bien, Dictias. Tienes ante ti a la majestad de Egipto, que busca al oráculo de la diosa del amor. Pero si puedes sentir piedad ante una mujer abandonada, olvida todo protocolo y acaricia esta piel cuya dulzura han cantado los poetas. Despójame de mis vestiduras, mujer, y goza de mí­. Y si existe algún placer posible en este mundo donde la muerte del amor asesinó a todos los goces, entonces dí­gase que Cleopatra resucitó donde nadie esperaba que lo hiciese. Ni siquiera ella misma.

  Arrodillada aún, Dictias veí­a el cuerpo de la reina erguido ante ella como una soberbia escultura de las que el nuevo estilo hací­a florecer en los talleres más selectos de Alejandrí­a. Era como un bloque de mármol veteado en leves estrí­as, un mármol que se levantase, apenas profanado, impoluto todaví­a, en el primer suspiro de la invención del arte. Y esto la hací­a más parecida a un sueño que cualquier fantasma nacido del delirio.

  Pero de repente, la estatua se arrodilló a la altura de la sacerdotisa y sus manos tomaron las suyas y las llevaron a la altura de los senos para que los encerrasen. Y los sostuvo Dictias, como si fuesen dos frutos dorados de los que crecen en los jardines elí­seos, tan hechos a la medida del amor y tan poco propicios al tacto que se convierten en polvo si los dioses los tocan demasiado tiempo.

  -¿Sigue siendo hermoso mi cuerpo, Dictias?

  -Tu cuerpo es como un sagrario que sólo la diosa podrí­a abrir. Déjame adorarlo, Cleopatra. Déjame adorarlo.

  Llevó la mejilla hasta el vientre de la reina y en él permaneció unos instantes que fueron a diluirse entre las altas columnas, donde está inscrito el relato de los amores de la diosa.

  -Sé que pagaré con más dolor este supremo instante de belleza -susurró Dictias.




Moix, Terenci. No digas que fue un sueño.


Klimlem

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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #5 en: Julio 04, 2014, 11:28:28:40 am »
"Volví­ a mi alcoba, pero no pude dormir. Mi imaginación flotó hasta la mañana en un mar alegre, pero turbulento, en el que las olas de turbación sucedí­an a otras de grato optimismo. A trechos, más allá de las hirvientes aguas, me parecí­a divisar una plácida orilla, hacia la que de vez en cuando me impulsaba una fresca brisa. Pero otro viento que soplaba desde tierra me hací­a retroceder. La sensatez trataba de oponerse al delirio, el criterio a la pasión. Incapaz de seguir acostada, me levanté en cuanto alboreó el dí­a. "

"Jane Eyre", de Charlotte Brontí«.

Atenea79

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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #6 en: Julio 05, 2014, 17:19:19:25 pm »
A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo intentando evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. Como una danza macabra con la Muerte antes del amanecer. Y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y que no guarde relación contigo. Esta tormenta, en definitiva, eres tú. Es algo que se encuentra en tu interior. Lo único que puedes hacer es resignarte, meterte en ella de cabeza, taparte con fuerza los ojos y las orejas para que no se te llenen de arena e ir atravesándola paso a paso. Y en su interior no hay sol, ni luna, ni dirección, a veces ni siquiera existe el tiempo. Allí­ sólo hay una arena blanca y fina, como polvo de huesos, danzando en lo alto del cielo. Imagí­nate una tormenta como ésta.

Y cuando la tormenta de arena haya pasado, tú no comprenderás cómo has logrado cruzarla con vida. ¡No! Ni siquiera estarás seguro de que la tormenta haya cesado de verdad. Pero una cosa sí­ quedará clara. Y es que la persona que surja de la tormenta no será la misma persona que penetró en ella. Y ahí­ estriba el significado de la tormenta de arena.

Kafka en la orilla / Haruki Murakami
Soy... una... M.A.N.Z.A.N.A

Coimbra

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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #7 en: Julio 07, 2014, 06:44:44:27 am »
Nadie habrí­a dicho, viéndole, amable y servicial, lo violento que era Francisco. Mantení­a la compostura cara al exterior, pero, en cuanto cruzaba el umbral de casa, le soltaba a mi madre un bofetón preventivo y después la apalizaba. Desde muy pequeña se me grabó su gesticulación de energúmeno, y creció mi miedo. No importaba que Francisco no me pegara nunca, debido a que me consideraba un blasón en su calidad de macho capaz de engendrar pese a su edad. Mi madre, que lo sabí­a, a veces intentaba esquivar sus golpes agarrándome y poniéndome entre los dos. Su cólera, ya que no su mano, me daba en la cara.

El miedo de los niños es indescriptible. He leí­do novelas en las que aparecen pequeñines que temen hasta la médula que sus padres se separen. Yo solí­a temer que no lo hicieran. Precoz -era una niña vieja; ahora soy una vieja joven, me lo he ganado-, le preguntaba a mi madre si no serí­a mejor que lo dejara, que se separaran. Lola moví­a negativamente la cabeza, realista. «Tu padre llamarí­a a un amigo que testificarí­a que estoy liada con otro, o vete tú a saber. Y los jueces son hombres. Los hombres se tapan entre sí­.» No se cortaba ella, por otro lado tan beata -o eso parecí­a-, a la hora de hablarme mal de su marido, ni de contarme sus preocupaciones, ni de alimentar mi pánico.

Tení­a razón. El nuestro era un mundo brutalmente patriarcal. Y mala suerte si eran malos hombres. No mejoraba si eran los socialmente considerados buenos hombres: autoridades, curas, jueces. Franquistas todos, o cómplices, o sometidos a gusto, secundados por la mujer-mujer como Dios manda a la que metí­an en vereda las pijo-falangistas de Pilar Primo de Rivera y sus melifluas sirvientas bigotudas. Alguna mujer sensible habrí­a entre aquella masa piadosa del Auxilio Social y de la Sección Femenina. Yo no la conocí­. Vení­an a casa con el pretexto de hacer el bien y nos sometí­an a su juicio y condena.

Estos tiempos no son como aquellos, alguien dirá. Pero lo serán, si les dejamos. Nada se deteriora con mayor rapidez que un paí­s. Basta con enfilar por el camino equivocado hacia la meta errónea. He visto estructuras sociales enteras desaparecer bajo el zarpazo de la inestabilidad, y he presenciado cómo los peores elementos crecí­an como las malas hierbas sobre su desgracia. España no es diferente, aunque tenga su propio vector de autodestrucción. Quienes mandan ahora no han tenido que dar un golpe de Estado ni provocar una guerra. Les ha bastado con conservar las esencias y esperar a que la izquierda cometiera errores, mientras ellos se poní­an al dí­a en materia de capitalismo neoliberal. La derecha es muy disciplinada para encubrirse y para llegar al poder usando las urnas. Nunca se muestran desencantados, ellos. ¿Cómo van a hacerlo, con lo que poseen y lo que aún pueden conseguir? Se han globalizado, además. Nosotros, los otros, parecemos incapaces -una vez más- de urdir un frente común.



Torres, Maruja. Diez veces siete.


Coimbra

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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #8 en: Julio 08, 2014, 06:39:39:37 am »
  Me volví­. Milagros hablaba entre sollozos, le caí­an las lágrimas, le caí­an los mocos, tení­a la cara roja, congestionada, hablaba como podí­a, sacudida por el llanto, sin apartar la caja de cartón de su pecho:

  -Dices que no sabrí­a cuidar a un niño, pero cómo te atreves, eh, cómo te atreves, ¿es que no te cuidé yo cuando estuviste enferma, es que no me quedé yo toda la noche a tu lado y me levanté cada tres horas para darte el antibiótico, quién te hubiera dado el antibiótico si no hubiera estado yo ahí­, y quién le cambió a tu madre los pañales, quién la amortajó para su tumba, cuando tu hermana y tú os cagabais de miedo en el pasillo, di, quién, quién te colgó los estores, quién se quedó a dormir contigo para que no tuvieras apariciones, quién, reconóceme un mérito, dime, cuántas amigas tienes, di, cuántas amigas harí­an lo que yo he hecho por ti?, ¿tu hermana?, ¿crees que tu hermana vendrí­a si estuvieras enferma?, ¿es que la llamaste a ella cuando te vinieron las fiebres? No, me llamaste a mí­, porque en el fondo sabes que yo darí­a mi vida por ti, que darí­a mi vida por cualquiera, porque en el fondo sabes que soy capaz de cualquier cosa que me proponga, de cualquier cosa, aunque siempre me hablas como si fuera imbécil, Rosario, pero no lo soy.

  Me quedé parada, mareada, como si me hubieran dado un golpe en la nuca. De pronto, todo el peso de mi vida, de lo que yo habí­a sido y era para los demás se puso sobre mis hombros, y sentí­, ya sé que es absurdo, que no va con mi carácter, pero sentí­ que a lo mejor aquella loca tení­a razón, y que por una vez la generosidad consistí­a en saltarse las normas y los miedos. Por qué no, por qué no iba a estar ella por una vez en lo cierto, por qué no confiar en que aquella criaturilla desgraciada estarí­a a su lado mejor que con nadie, por qué no concederle a Milagros el deseo, era verdad que le cuidarí­a igual que me cuidó a mí­, eso era verdad, con una entrega casi religiosa, como cuidaba al gato, al que mimaba como si no fuera un gato, sino un niño. Me acerqué lentamente a su lado, recuperando todaví­a el equilibrio que sus palabras me habí­an hecho perder, y ella debió entender que me habí­a convencido, que ya no avisarí­a a nadie, y dejó de presionar la caja contra su pecho para acercármela, como si quisiera compartir a la criatura conmigo. La miré, habí­a cerrado los ojos.



Lindo, Elvira. Una palabra tuya.


Coimbra

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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #9 en: Julio 09, 2014, 06:49:49:45 am »

Retrocedí­ los cuatro pasos hasta su cama y noté en el repentino silencio que Edith contení­a la respiración. Sus ojos, que habí­an seguido mis pasos, permanecí­an fijos en mí­, mientras su cabeza se mantení­a inmóvil en las almohadas. No movió la mano, ni un solo dedo, únicamente los ojos escrutadores no se desviaron de mí­ en ningún momento.

Rápido, rápido, pensé con creciente malestar. De modo que me incliné lo más deprisa posible y rocé fugaz y ligeramente su frente con los labios. A propósito toqué apenas su piel, y sólo percibí­ al acercarme el indefinido perfume de su pelo.

Pero entonces sus dos manos, que por lo visto estaban al acecho sobre la colcha, se levantaron de repente. Antes de que yo pudiera apartar la cabeza, me agarraron las sienes como pinzas y atrajeron mi boca de su frente a sus labios. Se apretaron contra los mí­os con tanto ardor, tan absorbentes y ávidos, que los dientes tocaron los dientes y al mismo tiempo su pecho se irguió y se tensó apremiante para tocar y sentir mi cuerpo inclinado. Nunca en mi vida habí­a recibido un beso tan fogoso, desesperado y sediento como el de aquella niña inválida.

¡Y no bastó con eso! Me mantuvo apretado contra ella con una fuerza embriagada hasta que le faltó la respiración. Entonces aflojó su presión y sus manos excitadas dejaron mis sienes y empezaron a revolver mi pelo. Pero no me soltó. Sólo por un momento, para mirarme fijamente a los ojos, recostada y como hechizada. Luego me atrajo de nuevo hacia ella y me besó, al azar y ardiente, las mejillas, la frente, los ojos y los labios, con una voracidad furiosa y a la vez desmayada. A cada uno de estos embates, balbuceaba y gemí­a:

-Tonto»¦ tonto»¦ tonto»¦ -y cada vez con más ardor-: ¡Tú»¦ tú»¦ tú!

El ataque se volví­a cada vez más acuciante, más apasionado, cada vez me abrazaba y besaba con más fuerza y más convulsivamente. Y de pronto, como una cortina que se rasga, la recorrió un espasmo»¦ Me soltó, su cabeza cayó de nuevo sobre las almohadas, y sólo sus ojos seguí­an mirándome con un centelleo triunfante.

Y después, volviendo presurosa la cabeza hacia mí­, a la vez agotada y avergonzada, musitó:

-Ahora vete, tonto»¦ vete.




Zweig, Stefan. La impaciencia del corazón.

Coimbra

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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #10 en: Julio 10, 2014, 06:55:55:48 am »
Creo que fue por esa misma época, a los dos o tres años, cuando me aficioné a fregar el suelo después de observar detenidamente cómo se hací­a. En aquel tiempo todaví­a no se habí­an inventado las fregonas y se fregaba de rodillas con bayeta y estropajo. Primero se pasaba la bayeta mojada, se escurrí­a en el cubo en el que se habí­a mezclado agua y lejí­a y después se volví­a a pasar seca. Si habí­a manchas se frotaban con el estropajo hasta eliminarlas. La variedad enorme de detergentes que hoy usamos no existí­a. Los productos de limpieza industriales eran pocos. Imperaba el jabón, que en Mallorca llamábamos fluix, sin marca, la lejí­a, el salfumán, el azulete y poco más. Nadie usaba guantes como hoy en dí­a. Yo me sentí­a muy dispuesta a ayudar a las muchachas y les pedí­a con insistencia que me dejaran hacerlo porque nada me gustaba tanto como jugar con agua. Pero era inútil.

No sé si en venganza, un buen dí­a decidí­ quitarme las bragas, hacer pis en el suelo y luego fregarlo hacendosamente. Después, muy feliz, metí­ mi particular bayeta en el cesto de la ropa sucia. Repetí­ la operación unas cuantas veces hasta que me pillaron. Como no tení­a demasiada noción de lo que suponí­an los Reyes, la amenaza: «Si vuelves a hacer esa porquerí­a no te traerán nada, por mala», no me afectaba, y cuando veí­a que en el lavadero se preparaban cubos, estropajos y bayetas yo también me disponí­a a contribuir, a mi modo, a la limpieza doméstica.




Riera, Carme. Tiempo de inocencia


Eurí dice

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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #11 en: Julio 10, 2014, 17:37:37:53 pm »
Ventanas de Manhattan, Antonio Muñoz Molina

Hay lugares de la ciudad que uno descubre por sí­ mismo en sus caminatas solitarias y otros que le son revelados como un regalo generoso de la amistad o el amor. Se puede regalar lo que uno más ama, cierta perspectiva al fondo de una calle, un parque pequeño junto a un puente, un café, un club de música, hasta un instante de la luz. Ese regalo intangible enriquece a quien lo ha hecho y se vuelve un tesoro enaltecido por el agradecimiento para el que lo recibe, en un recuerdo y también en la posibilidad de otro regalo. En el lugar estará siempre quien nos lo descubrió y el momento de nuestra vida en el que gracias a su mediación lo conocimos.

Coimbra

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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #12 en: Julio 11, 2014, 07:15:15:38 am »
Cuando habló de fornicar, nadie se dio por aludido; cuando de adulterio, muchas damas se sintieron más inocentes de lo que aparentaban, pero cuando aseguró que la familia pagaba los pecados del padre, el Valido pensó en su mujer, que allí­ estaba, a su lado, con sonrisa feliz y los ojos semicerrados. ¿Pensaba, como siempre, en los placeres del lecho? Hací­a tiempo que el Valido se habí­a convencido por sus propios medios intelectuales, algo mezclados de temor, eso es lo cierto, de que la esterilidad de su matrimonio se debí­a a la afición de su esposa a los juegos conyugales; a cómo se le arrejuntaba en la cama y lo provocaba; a cómo se remangaba el camisón más arriba de lo indispensable. Pero, por otra parte, su confesor le habí­a dicho que nada de aquello era pecado. ¡Ah, qué misa aquélla! El Nuncio miraba al predicador y decí­a casi en voz audible: «Pero ¿qué dice este energúmeno?». Los presentes hallaban en las palabras del padre Villaescusa razones para declinar torcedores de conciencia. Y el conde de la Peña Andrada se habí­a ausentado de la capilla antes de la elevación, aunque sin hacer ruido: se habí­a deslizado como una anguila y habí­a recobrado después su puesto, al terminar la comunión, como si nada. Al conde de la Peña Andrada, en el salón, después de misa, cuando hací­a la reverencia al Rey, éste le mandó cubrirse, con gran estupor de la corte entera y, sobre todo, del Valido. Pero esta gran sorpresa no fue la que se comentó en los corrillos del atrio de San Felipe, sino lo de que Su Majestad, en voz baja y cautelosa y con cierto disimulo, hubiese susurrado a la camarera mayor de la Reina, la persona más próxima a ella según el protocolo:

-Dile a Su Majestad que quiero verla desnuda.

-Vuestra Majestad está loco.

La cara que puso la dama fue más allá del estupor, pero le quedaron fuerzas para desahogarse con su amiga más próxima, y ésta con su vecina, y así­, la noticia en seguida dio la vuelta al salón, y llegó hasta el padre Villaescusa, llegó con su carga de espanto y de clarividencia; comprendió que, de tanta gente, sólo él tení­a la razón del Señor repartida entre el corazón y la cabeza, y sólo él sabí­a cómo habí­a que obrar. El capuchino no se desvistió: con ornamentos y casulla, permaneció en el altar, y, al bajar de él, se hizo preceder por la cruz y los ciriales; de esta guisa deambuló por pasillos y crují­as, de modo que, cuando el Rey se acercó a los aposentos de la Reina, con ánimo de entrar, él se hallaba delante. Y cuando el Rey alargó la mano hacia el picaporte, la cruz se le atravesó ante la puerta, en ángulo inclinado sobre el eje vertical, y en los ojos encendidos del padre Villaescusa pudo leer el Rey un veto indiscutible. Soltó su mano el picaporte, se santiguó y giró sobre sí­ mismo. El Valido estaba allí­, y el Rey le confió:

-Quiero ver a la Reina desnuda.

Y se marchó con el mismo rostro pasmado, aunque en sus pupilas ya brillaba la esperanza.




Torrente Ballester, Gonzalo. Crónica del rey pasmado.

Coimbra

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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #13 en: Julio 12, 2014, 15:49:49:13 pm »
Después de levantarse, fueron al baño, se lavaron la cara, volvieron al dormitorio, hicieron sus camas y se dirigieron en fila y en silencio a la capilla para oí­r misa antes de desayunar. Esa rutina se repetirí­a un dí­a tras otro durante todo el tiempo que pasó en aquel colegio, pero aquella mañana, la primera, llegaron por los pelos a la consagración. Antes, la hermana Raimunda les pidió que se acercaran en orden a recoger su uniforme, un clásico vestido azul de colegiala con un gran cuello blanco, muy bonito. Junto con él, cada una recibió una prenda extraña, un rectángulo de fieltro grueso con un cordón blanco cosido en el centro de cada uno de sus bordes.

  -¡Atención! -la hermana Raimunda levantó uno en el aire-. Esto es una tela fuerte. Tienen que colocársela aquí­, así­»¦ -la aplastó contra su pecho sujetándola con las dos manos-. Luego, cruzan los cordones por la espalda de esta manera ¿lo ven? -lo hizo-, y después, los estiran tanto como puedan y se los atan por delante con un lazo, igual que estoy haciendo yo.

  Cuando la hermana terminó aquella demostración, giró lentamente sobre sus talones para dar una vuelta completa, y todas pudieron apreciar el efecto ridí­culo y sin embargo extrañamente agresivo, casi obsceno, de una maniobra destinada a aplastar sus pechos sobre el hábito.

  -¿Lo han visto bien? Pues esto es lo que tienen que hacer todos los dí­as antes de ponerse el uniforme. Empiecen ahora mismo pero sin quitarse el camisón, háganlo por debajo, ¿entienden?, vamos»¦

Isabel, que habí­a tenido que tragarse la risa al ver a aquella monja tan baja, tan gorda que debí­a medir lo mismo en todas las direcciones, con el fieltro atado encima del babero, se metió el suyo bajo el camisón y escuchó un murmullo que la obligó a mirar hacia su izquierda.

  -¡Y una mierda! -una chica morena, casi tan alta como ella e igual de desarrollada, la miró y negó con la cabeza-. Yo no me lo pienso apretar, desde luego. Lo que quieren estas es que se nos estropeen las tetas, igual que a ellas, que las deben tener ya como un par de huevos fritos




Grandes, Almudena. Las tres bodas de Manolita.


Galadriel

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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #14 en: Julio 12, 2014, 16:36:36:17 pm »
Nunca leo sin antes estar segura de que me hallo en una posición estable. Conservo esa costumbre desde que tení­a siete años, cuando, sentada sobre un muro alto leyendo "Los niños del agua", tan cautivada me tení­a la descripción de la vida submarina que inconscientemente relajé los músculos. En lugar de flotar en el agua que con tanta nitidez me rodeaba en mi imaginación, caí­ de bruces al suelo y perdí­ el conocimiento. Todaví­a noto la cicatriz debajo del flequillo.
Leer puede ser peligroso.

"El cuento Número Trece" - Dianne Setterfield