Autor Tema: Fragmentos literarios  (Leído 44045 veces)

Coimbra

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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #15 en: Julio 14, 2014, 09:46:46:29 am »
Antí­noo habí­a muerto. Me acordaba de los lugares comunes tantas veces escuchados: se muere a cualquier edad, los que mueren jóvenes son los amados de los dioses. Yo mismo habí­a participado de ese infame abuso de las palabras, hablando de morirme de sueño, de morirme de hastí­o.

Amor, el más sabio de los dioses»¦ Pero el amor no era responsable de esa negligencia, de esas durezas, de esa indiferencia mezclada a la pasión como la arena al oro que arrastra un rí­o, de esa torpe inconsciencia del hombre demasiado dichoso y que envejece. ¿Cómo habí­a podido sentirme tan ciegamente satisfecho? Antí­noo habí­a muerto. Lejos de haber amado con exceso, como Serviano lo estarí­a afirmando en ese momento en Roma, no habí­a amado lo bastante para obligar al niño a que viviera. Chabrias, que como iniciado órfico consideraba que el suicidio era un crimen, insistí­a en el lado sacrificatorio de ese fin; yo mismo sentí­a una especie de horrible alegrí­a cuando pensaba que aquella muerte era un don. Pero sólo yo podí­a medir cuánta actitud fermenta en lo hondo de la dulzura, qué desesperanza se oculta en la abnegación, cuánto odio se mezcla con el amor. Un ser insultado me arrojaba a la cara aquella prueba de devoción; un niño, temeroso de perderlo todo, habí­a hallado el medio de atarme a él para siempre. Si habí­a esperado protegerme mediante su sacrificio, debió  pensar que yo lo amaba muy poco para no darse cuenta de que el peor de los males era el de perderlo.



Yourcenar, Marguerite: Memorias de Adriano.



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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #16 en: Julio 15, 2014, 06:50:50:13 am »
En cuanto Camille estaba sola, se parecí­a mucho a la niña que no querí­a dar los buenos dí­as, y su cara tornaba a la infancia con la expresión de inhumana ingenuidad, de dureza angélica que ennoblece las caras infantiles. Paseaba sobre Parí­s, sobre el cielo de donde cada dí­a se retiraba la luz más tarde, una mirada imparcialmente severa que nada censuraba. Bostezó nerviosamente, se irguió, dio unos pasos distraí­damente y se agachó otra vez, obligando a la gata a saltar al suelo. Saha se alejó con dignidad y prefirió entrar en la habitación, pero la puerta de la hipotenusa estaba cerrada y la gata se sentó pacientemente. Un instante después tuvo que dejar paso a Camille, que comenzó a andar de un tabique al otro con bruscos pasos, y la gata saltó al antepecho. Camille, como jugando, la desalojó, acodándose a su vez, y Saha, de nuevo, se resguardó junto a la puerta cerrada.

Con la mirada perdida en la lejaní­a, inmóvil, Camille le volví­a la espalda. Pero la gata contemplaba la espalda de Camille y se aceleraba su respiración. Se levantó, dio dos o tres vueltas sobre sí­ misma, interrogó a la puerta cerrada»¦ Camille no se habí­a movido; Saha dilató las naricillas, mostró una angustia parecida a la náusea y se le escapó un maullido largo, desolado, mí­sera respuesta a un mudo e inminente designio, y Camille dio media vuelta.

Estaba un poco pálida, es decir, el colorete dibujaba en sus mejillas dos lunas ovaladas. Empezó a canturrear con la boca cerrada y reanudó su paseo de uno a otro tabique siguiendo el ritmo de su canción, pero le falló la voz. Obligó a la gata, que su pie iba a magullar, a ganar de un salto un estrecho observatorio; luego, a pegarse contra la puerta.

Saha se habí­a rehecho; hubiese muerto antes que lanzar un segundo grito. Camille, acosando a la gata sin parecer verla, iba y vení­a en completo silencio. Saha sólo saltaba al antepecho cuando los pies de Camille se posaban a su lado, y no volví­a al suelo del balcón más que para evitar el brazo tendido que la hubiese precipitado desde lo alto de los nueve pisos.

Huí­a metódicamente, saltando con cuidado; tení­a la mirada fija en la enemiga, sin condescender al furor ni a la súplica. La extrema emoción, el temor de morir, empaparon de sudor la planta sensible de sus patitas, que marcaron huellas de flores en el balcón estucado.

Camille pareció ser la primera en desfallecer y dispersar su fuerza criminal. Cometió el error de notar que el sol se apagaba, echó una mirada a su brazalete, prestó atención a un tintineo de cristales en el interior del piso. Unos instantes más y su decisión la abandonarí­a como el sueño abandona al sonámbulo, la dejarí­a inocente y agotada. Saha sintió vacilar la firmeza de su enemiga, dudó en el antepecho y Camille, velozmente, alargando los dos brazos, la empujó al vací­o.

Tuvo tiempo de oí­r el rechinar de las uñas en la pared, de ver el cuerpo azul de Saha retorcido como una S, ávidamente asido al aire, con fuerza ascendente de trucha, luego retrocedió y se acercó a la pared.



Colette. La gata

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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #17 en: Julio 16, 2014, 06:35:35:36 am »
Allí­ está ella. Ella. Hay mujeres que tienen dí­as malos y dí­as buenos. Puede tener algo que ver con una serie de cosas: digestión, fase del ciclo biológico y el modo en que desean presentarse. Ella tení­a un dí­a bueno. Claudia no se sintió sorprendida ante el aspecto que presentaba; sabí­a, por su práctica médica, cómo las personalidades neuróticas disfrutan con la audiencia, cualquier audiencia, incluso aquella que puede imaginársela abierta de piernas en un sofá. Harald la vio por primera vez tal como Duncan debí­a de haberla visto siempre, en una imagen definitiva para él, incluso en sus dí­as malos. La piel suave y bonita, tallada, en un giro de cincel sobre una estatua, hasta la curvatura del labio a cada lado de la boca. La frente rosada y alta bajo mechones de flequillo. Las perezosas, intensas pupilas de unos ojos cuyos extremos algo caí­dos, donde las densas pestañas se uní­an, adoptaban un disfraz de rechazo infantil. Las ropas que escondí­an e insinuaban su cuerpo, una recatada falda larga y suelta que se deslizó de un lado a otro sobre la división de sus nalgas cuando se dirigió al estrado de los testigos, una blusa de cosaco cuya amplitud sedosa caí­a de sus hombros de Modigliani hasta tocar las puntas de sus magros senos. No es una belleza pero maneja la belleza a su antojo. Y mirarla es ver que el diseño de su rostro puede transformarse en algo amenazador. En los dí­as malos. Cuando entró en el estrado de la sala, resultó difí­cil saber si deseaba evitar el encuentro con Duncan; de repente -Harald lo vio -, desde el estrado, miró directamente a Duncan, quieta y concentrada; y Harald se preguntó si Duncan contestarí­a del modo previsto:  Aquí­ estoy. Harald no podí­a verlo, no podí­a ver los ojos de Duncan y, tremendamente agitado, apenas supo cómo contener esa -supuesta- empatí­a masculina con su hijo.

Gordimer, Nadine: Un arma en casa


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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #18 en: Julio 17, 2014, 06:51:51:17 am »
La tercera noche de sopor ella lo esperó con una botella de anisado, del que bebí­a a escondidas con la pandilla de la prima Hildebranda, y más tarde, ya casada y con hijos, encerrada con las amigas de su mundo prestado. Necesitaba un poco de aturdimiento para no pensar en su suerte con demasiada lucidez, pero Florentino Ariza creyó que era para darse valor en el paso final. Animado por esa ilusión se atrevió a explorar con la yema de los dedos su cuello marchito, el pecho acorazado de varillas metálicas, las caderas de huesos carcomidos, los muslos de venada vieja. Ella lo aceptó complacida con los ojos cerrados, pero sin estremecimientos, fumando y bebiendo a sorbos espaciados. Al final, cuando las caricias se deslizaron por su vientre, tení­a ya bastante aní­s en el corazón.

-Si hemos de hacer pendejadas, hagámoslas -dijo-, pero que sea como la gente grande.

Lo llevó al dormitorio y empezó a desvestirse sin falsos pudores con las luces encendidas. Florentino Ariza se tendió bocarriba en la cama, tratando de recobrar el dominio, otra vez sin saber qué hacer con la piel del tigre que habí­a matado. Ella le dijo: «No mires». í‰l preguntó por qué sin apartar la vista del cielo raso.

-Porque no te va a gustar -dijo ella.

Entonces él la miró, y la vio desnuda hasta la cintura, tal como la habí­a imaginado. Tení­a los hombros arrugados, los senos caí­dos y el costillar forrado de un pellejo pálido y frí­o como el de una rana. Ella se tapó el pecho con la blusa que acababa de quitarse, y apagó la luz. Entonces él se incorporó y empezó a desvestirse en la oscuridad, tirando sobre ella cada pieza que se quitaba, y ella se las devolví­a muerta de risa.


Garcí­a Márquez, Gabriel. El amor en los tiempos del cólera.


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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #19 en: Julio 18, 2014, 06:56:56:54 am »
Algunos dí­as después me comunicó el diagnóstico, cosa muy complicada, que no sé declarar aquí­. Porque, al parecer, yo no tengo «trauma ni espina clavada en el alma de mis años infantiles, sino unas vagas reacciones histéricas y neuróticas provocadas por desacomodaciones de mi vida». Es decir que, por lo visto, me han faltado comodidades, cosa que yo bien sabido me lo tení­a. Esto, más o menos, es lo que el doctor Gándara dijo, sólo que de manera más larga y sesuda. Y lo que yo logré entender es que él creí­a que yo no estaba satisfecha de mí­ misma, que soy muy tí­mida y que no piso terreno seguro. ¡Tí­mida yo! ¡Qué tí­o más loco!

Sobre lo que se puso muy pesado fue con lo de los viejos, que en mala hora le confié. Porque decí­a que me gozaba en sus males como en una venganza de lo que me habí­an humillado los hombres, durante toda mi vida. Y que al verlos así­, viejos, acabados, enfermos y podridos, era una especie de compensación rencorosa para mí­.

También aseguró que se me habí­a enfriado el cuerpo, aunque lo dijo, claro está, de otra manera. Porque tantos hombres pasaron sobre él que habí­a perdido ya todo calor, aunque no padeciera lesión orgánica. Con lo cual mis sentidos sufrí­an desviaciones angustiosas, vicios del alma, siendo el principal mi avaricia, que habí­a llegado a sisarle parte de sus honorarios, creyendo que él no se darí­a cuenta (¡vaya un tí­o lagarto!), en un sí­ntoma manifiesto de la perturbación que sufrí­a mi carácter. Mi «sí­ndrome» (esto no he sabido nunca lo que es, aunque me lo ha explicado varí­as veces) es claro y manifiesto, aun cuando faltaran aún por aclarar algunas de sus «psicogenias» (otra palabra rara). Porque todas mis pasiones, e incluso varios de mis sentidos, habí­an ido cediendo su normal energí­a en un afán de lucro absorbente y avasallador, avaricia provocada por mi miedo al futuro y la inseguridad que sufrí­a respecto a mí­ misma. Según él, yo creí­a tan sólo en mi belleza y, por lo tanto, que mi existencia entera dependí­a y viví­a de ella. Y que como mi belleza no podrí­a durar, de aquí­ que yo padeciera una angustia agusanada, aunque él dijo «larvada», porque a veces habla muy mal nuestra lengua, soltando palabras desatinadas.

Entonces yo le pregunté que por qué me sentí­a a veces tan mala y que si habí­a averiguado la razón que me impedí­a mirarme tranquilamente en mi espejo.

Dijo el doctor Gándara que mi sistema vegetal (lo llamó «vegetativo») estaba desequilibrado por mis presiones psí­quicas, produciéndome «distoní­as y disforias»; pero que yo no era una enferma clí­nica, porque no tení­a lesión por ninguna parte, a no ser las que el bismuto me habí­a dejado en las encí­as. Y que no era preciso hacerme el Wassermann, porque de eso no habí­a nada.

En cuanto a lo del espejo, debí­a estar originado por mi temor a quedarme alguna vez fea, y que esa angustiosa extrañeza que sufrí­a al contemplarme, y que se hací­a después sudores frí­os por todo mi cuerpo, no era otra cosa que el sí­mbolo vegetativo de mi pavor subconsciente.



Fernández-Flórez, Dario: Lola espejo oscuro


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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #20 en: Julio 21, 2014, 07:47:47:53 am »
Acto seguido se alejó unos pasos de nosotros, querí­a distanciarse de Rabanito. Por lo visto, Susi era una de las muchas vacas que estaba en contra del amor entre vacas. Quien siendo hembra deseaba a una vaca lo tení­a casi tan difí­cil en una vacada como los toros a los que les gustaban los toros o los toros a los que les gustaban las gallinas.

Por mi parte, me enfadé conmigo misma: lo cierto es que deberí­a haber llevado los gustos de Rabanito con la misma naturalidad que Hilde, pues no tení­a nada en contra del amor entre vacas. Nunca habí­a creí­do lo que solí­an decir los ancianos: «Vaca con vaca, caca.»
 
Con todo, la confesión de mi amiga me habí­a dejado sumamente perpleja, o mejor dicho: dolida. Me dolí­a que no me hubiera confesado sus anhelos hasta ahora, en plena huida, junto a un aparcamiento. Y eso que nos conocí­amos desde que éramos terneras. ¿Cuánto habrí­a esperado para soltarlo si nos hubiésemos quedado en la finca? ¿Habrí­a llegado a contármelo? ¿Por qué Rabanito no habí­a confiado en mí­?

Volví­ a notar la misma sensación en la pelvis.

Rabanito se acercó a mí­.

-í‰ste es el momento en el que tú, que eres mi amiga, deberí­as desearme que encuentre una vaca a la que amar.

-Pues claro que te lo deseo -repuse, más por obligación que por otra cosa.

-Vaya, ya veo que lo dices de corazón -constató ella, y se rió un tanto insegura-. ¿Tienes algo en contra del amor entre vacas?

-No, no... -le aseguré, e intenté excusarme, no querí­a decirle que estaba dolida-, es sólo que tengo una extraña sensación en el bajo vientre.



Safier, David: ¡Muuu!

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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #21 en: Julio 22, 2014, 08:22:22:54 am »
Era una misa corriente de domingo por la mañana. Llegué un poco tarde. Me fijé en que todo el mundo me estaba mirando. Cantamos, rezamos y luego el pastor dijo que dos miembros del rebaño eran culpables de un pecado abominable. Leyó el pasaje de la Epí­stola a los Romanos 1,26: «Sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza»¦Â».

  En cuanto comenzó a leer supe lo que iba a suceder. Helen rompió a llorar y salió corriendo de la iglesia. A mí­ me dijeron que fuera con el pastor. í‰l era paciente. í‰l era joven. No creo que quisiera problemas. Pero la señora Winterson querí­a problemas y tení­a a bastantes miembros de la vieja guardia con ella. Iba a haber un exorcismo.

  Nadie podí­a creerse que alguien con tanta fe como yo pudiera haber tenido sexo -y con otra mujer- a no ser que hubiera un demonio por medio.

  Dije que no habí­a ningún demonio. Dije que amaba a Helen.

  Mi actitud desafiante empeoró las cosas. Yo ni siquiera reconocí­a que tení­a un demonio mientras que Helen divisó al suyo al instante y dijo sí­, sí­, sí­. La odié por aquello. ¿Tan poco valí­a el amor que se podí­a abandonar con tanta facilidad?

La respuesta era que sí­. El error que cometieron en la iglesia fue olvidar que comencé mi corta vida dispuesta a ser abandonada. El amor no me abrazó cuando nací­ y ahora se rompí­a. No querí­a creer que el amor fuera algo tan endeble. Me así­ a él con más fuerza porque Helen lo soltó.

  Papá no tení­a nada que ver con el exorcismo pero no intentó detenerlo. Hizo horas extras en la fábrica y fue mi madre la que dejó que entraran los ancianos para la ceremonia de rezos y repudio. Ellos se encargaban del rezo; yo me encargaba de la renuncia. Ellos cumplieron con su parte. Yo no cumplí­ con la mí­a.

  Se supone que el demonio tiene que salir y quizá prender fuego a las cortinas o colarse volando en el perro que soltará espuma por la boca y habrá que estrangularlo. A veces se ha sabido de demonios que habitan en muebles. Hubo una radiogramola que tení­a un demonio dentro: cada vez que la pobre mujer sintonizaba «Canciones de alabanza», solo oí­a risas maniacas. Enviaron las válvulas a ser bendecidas y cuando las volvieron a colocar el demonio se habí­a marchado. Seguramente la soldadura tendrí­a algo que ver pero nadie lo mencionó.

  Los demonios pudrí­an los alimentos, se ocultaban en los espejos, viví­an en grupos allá donde habí­a antros de perdición -bares y casas de apuestas- y adoraban las carnicerí­as. Es por la sangre»¦

  Cuando me encerraron en el salón con las cortinas echadas y sin comida ni calefacción durante tres dí­as estaba convencida de que no tení­a ningún demonio. Tras tres dí­as de rezos por mí­ en turnos y de no dejarme dormir más que unas pocas horas seguidas, comencé a creer que tení­a todo el infierno en mi corazón.

  Al terminar aquel suplicio, como yo seguí­a empecinada, uno de los ancianos me pegó repetidas veces. ¿Es que no entendí­a que estaba pervirtiendo el designio de Dios con respecto a las relaciones sexuales normales?

  Dije que mi madre no dormí­a en la misma cama que mi padre, ¿es eso una relación sexual normal?

  Me mandó que me arrodillara y me arrepintiera de aquellas palabras y sentí­ el bulto que se formaba en sus pantalones. Intentó besarme. Me dijo que serí­a mejor que con una chica. Mucho mejor. Me metió la lengua en la boca. Se la mordí­. Sangre. Mucha sangre. Desmayo.



Winterson, Jeanette: Por qué ser feliz cuando puedes ser normal

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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #22 en: Julio 24, 2014, 08:03:03:29 am »
Hasta que mozos, policí­as y otros»¦ salieron corriendo de los edificios y empecé a subir la colina con ellos. Cuando llegamos de nuevo al sitio en que mi primo Sebastián se me habí­a perdido de vista en medio de los negros gorriones desplumados, lo vi»¦ Yací­a en el suelo, desnudo, tal como ellos habí­an estado desnudos contra una pared blanca, y esto no querrá usted creerlo, porque nadie, lo ha creí­do, porque nadie podrí­a creerlo, porque nadie, nadie en la tierra serí­a capaz de creerlo y no los culpo»¦ ¡Habí­an devorado partes de su cuerpo!  Le habí­an desgarrado y desprendido partes del cuerpo con sus manos, sus cuchillos, o quizá aquellas latas rotas, desgarrado y arrancado partes de un cuerpo, que se llevaron, famélicos, a sus feroces bocas negras, pequeñas y vací­as. No se percibí­a ningún ruido más. No quedaba nada que ver, salvo Sebastián, lo que de él restaba, con el aire de un enorme ramo de rosas rosas envuelto en papel blanco, rosas arrancadas, arrojadas, estrujadas»¦ contra la pared blanca y refulgente.

Williams, Tennessee: De repente, el último verano.


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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #23 en: Julio 25, 2014, 07:48:48:24 am »
Carraspeó y yo habrí­a aprovechado la pausa para agradecer su interés y refutar sus conclusiones, si la señora Siau, que se sentaba a mi lado, no hubiera posado disimuladamente la mano en mi antebrazo en clara indicación de que debí­a guardar silencio y dejar hablar a su marido, el cual, cuando hubo carraspeado y tosido, o quizá entonado una coplilla en su idioma, prosiguió diciendo:

-La culpa no es de usted, al contrario. Usted es un gran peluquero. La culpa es de la catastrófica coyuntura. En tales circunstancias, me es forzoso traer a colación la gran máxima: cuando sopla el vendaval, el junco que se inclina etcétera, etcétera. ¿Ve a dónde quiero ir a parar, honorable amigo?

-No, señor -respondí­ sinceramente. Y adelantándome a un posible ofrecimiento añadí­-: Pero debo advertirle que ya tengo un crédito de la Caixa.

-Lo sé -repuso el señor Siau con benévola sonrisa-. El director de la gran sucursal, el honorable señor Riera, de quien somos humildes clientes, como su honorable esposa, la señora Riera, lo es de este humilde bazar, donde nos honra surtiéndose de grandes bragas y otras honorables prendas, el honorable señor Riera, como le decí­a, me ha comentado a menudo, siempre en los términos más oblicuos y discretos, la situación crediticia de su honorable empresa, añadiendo, con gran congestión de su honorable rostro, que si todaví­a no han recurrido a la ví­a ejecutiva es por no saber qué hacer con las grandes porquerí­as, de acuerdo con su propia peritación, objeto de un posible embargo.

-Los expertos aún no han emitido un dictamen definitivo -alegué.

-Pronto lo harán -dijo el señor Siau con aire sombrí­o. Y a renglón seguido, subiendo una o dos octavas el tono de la voz para imprimir un carácter más positivo a su exposición, agregó-: Pero eso da lo mismo. En realidad, no le estoy haciendo estas consideraciones para sumirle en el desconcierto, sino como exordio o introducción a la propuesta que me dispongo a hacerle y con la que estoy seguro de que resolveremos la situación a plena satisfacción de todos. Crea que sólo me mueve a dar este paso el deseo de ayudarle y la natural aversión de un honorable comerciante a contemplar el hundimiento de una gran empresa que reuní­a todas las condiciones para ser próspera. Sepa también que antes de tomar esta decisión, he consultado a mi honorable esposa, a mi hijo, pese a ser un poco corto de luces y, por supuesto, a mi honorable padre, como se ha de hacer siempre con los ancestros, aunque estén en una etapa vegetal.


Mendoza, Eduardo: El enredo de la bolsa y la vida.


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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #24 en: Julio 29, 2014, 08:31:31:44 am »
Una arcada la obligó a callar y levantarse de la silla por precaución. Andrea. ¡Andrea! Era la primera vez que nombraba a la niña y se le aflojaron las piernas. De repente, el encargo era una niña, una niña con pelo largo que se llamaba Andrea y que era más rubia que su hermana, con el pelo menos rizado, y a juzgar por el gesto de la foto, más responsable o menos risueña. Era una niña a la que, sin haberse dado por enterada, Victoria le habí­a colgado la etiqueta de niña seria o quizá niña triste, una etiqueta con la que le uní­an muchos recuerdos, esas niñas que esconden su tristeza por no molestar y sólo consiguen que se les instale en el fondo de la mirada y que cuando ya han crecido tienen que gritar y luchan por ser todo lo malí­simas que no fueron cuando les tocaba y entonces se hacen daño y a veces sobreviven y a veces no. ¿Dónde habí­a metido todo aquello hasta entonces? ¿Qué habí­a pasado hasta ese momento? Los números. Hasta ese momento habí­a conseguido que su encargo fueran dos números, la muertita primera y la muertita segunda, dos números y su cinismo a prueba de bombas, las muertas uno y dos, o muchas veces nada, que no fueran nada. Pero la mañana la habí­a cogido con las defensas bajas y en el mismo momento en el que le nombró a Jesús la foto, la niña cobró carne, melena, nombre, edad, era la mayor, se llamaba Andrea, tení­a cuatro años, uno más que su hermana Josefa, que era la pequeña, la de pelo más corto, y a la que habí­an arrancado las uñas y los dientes en un local grasiento para que su resistencia a ser violada y golpeada y destruida no dejara huellas en las bestias. Veinte uñas, recordó, y veintitrés dientes y muelas.


Fallarás, Cristina: Las niñas perdidas.


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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #25 en: Julio 30, 2014, 07:50:50:37 am »
Murió pocas horas después que la vaca; también la Greta habí­a ido de mal en peor. Desde que se despertó balando como una oveja, apenas comí­a y pasaba la mayor parte del dí­a durmiendo. Una noche, a Dolores le extrañó no oí­r ruido de coces y mugidos en el establo. Con la peor de las premoniciones, bajó lentamente hasta el establo. La Greta estaba tumbada, muerta sobre el lecho de tojo.

Dolores se le acercó y permaneció un rato aspirando su olor. Sintiendo su calor (y el bordoneo de las moscas en rededor). Subió a por una sábana y cordel, la envolvió por completo y la ató. Despejó un lado del establo de ramas, y con el pico y la pala trabajó durante mucho tiempo hasta cavar un buen hoyo. Luego la cubrió con tierra y ramas.

Cuando terminó miró por el ventanuco. El mundo del amanecer se revelaba ante ella: el rumor del rí­o, los ecos lejanos de la fraga, los chillidos agudos y terrorí­ficos de los animales pequeños. Quedó inclinada hacia delante, tratando de contener los sollozos.

Hasta que rompió a llorar.

Lloró por la vaca, pero sobre todo lloró por todo lo que desde ese momento comenzó a añorar. Lloró por Saladina haciendo mermelada de higos en la cocina. Lloró por el sonido que hací­a al chasquear los dientes por las mañanas, por el olor de la orina caliente. Lloró por el olor salvaje de su pubis. Lloró por los sándwiches de plátano machacado que comí­an en Inglaterra y por la peste a palomita rancia de las salas de cine. Lloró por las gallinas dormidas y por el sonido del cencerro al subir al monte. Lloró por el resplandor amarillo de la chorima. Lloró por la pelí­cula que ya nunca protagonizarí­a, por el sonido del coche rojo del señor Tiernoamor alejándose por el carreiro. Lloró por Tierra de Chá.

Lloró la vida.

Lloró por ella.




Sánchez Andrade, Cristina: Las Inviernas


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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #26 en: Agosto 01, 2014, 07:53:53:25 am »
Entré en casa de una señora ciega que tení­a un hijo tonto. Era la vecina de mi suegra en San Blas. La señora tení­a cantarranas en los ojos a causa del azúcar, que le rebosaba en la sangre. Tení­a que pincharse por la mañana y por la tarde con la ayuda de una practicanta. Estaba yo planchando y vení­a el tonto, que me llamaba Cañia.

  -¡Cañia! Ma-ma-ma-ma, vaya. Ma-ma-ma-ma, vaya.

  Me traí­a frita. Repetí­a las palabras porque era trotamundo, de ésos que se atascan con las vocales.
Cañia, Cañia, ma-ma-ma-ma vaya.

  O sea, que me llamaba su madre para que fuera. Era una señora muy servicial y muy favorable. Una señora boní­sima, boní­sima. Primeramente le operaron de una vista y luego de la otra y, al final, se quedó ciega a causa de la invidencia. Guisaba a tientas. No veí­a nada, la pobre. Yo le indicaba lo que tení­a que echar y cocinaba los ingredientes estupendamente. Atendí­a la casa una vez en semana, para echarle una mano al cuello a la ciega. Le fregaba los cacharros y le hací­a la limpieza de la casa y ella, recí­procamente, me pagaba muy bien.

  Siempre vení­a el hijo quejaroso:

  -Cañia, que me-me-me va a pegame mi madle.

  -¿Sí­? ¿Te va a pegar? Pues algo malo habrás hecho.

  -Es que me-me-meado.

  Se quedaba paralizado en la cocina conmigo y yo le decí­a:

  -Chiquillo, si te has meado, cállate y no digas nada.

  Pero es que era tonto tonto. De estas personas que no analizan las consecuencias. Parecí­a que lo hací­a adrede, porque nada más orinarse, se lo chivaba a su madre:

  -Mama, que me-me-meado.

  Y claro, a la madre le daba rabia y se liaba a palo limpio con él. Debí­a gustarle que le pegaran, ¿eh?, porque si no, no se entiende. Se ve que era sadomasajista, de ésos que disfrutan cuando les pinchan.



Fesser, Guillermo: Cuando Dios aprieta, ahoga pero bien.


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« Respuesta #27 en: Agosto 03, 2014, 08:57:57:49 am »
Munda lo habí­a intentado ingresando en la masonerí­a, un sueño que habí­a perseguido desde el dí­a en que cumplió quince años, cuando descubrió los mandiles de su padre escondidos en un arcón de su dormitorio.

  -Quiero ser masona -le habí­a dicho al marqués.

  -Las mujeres no pueden entrar en nuestras logias. No sois libres y vuestra condición femenina os impide mantener el secreto de los sí­mbolos y los rituales en los que nos asentamos.

  Desde entonces, Munda habí­a luchado por demostrar que la libertad no es patrimonio del hombre, y los secretos tampoco.

  Con la señorita Inés adquirió los principios que la ayudarí­an a iniciarse como aprendiz en su logia y, cuando su maestra se marchó a Alejandrí­a, Munda continuó trabajando en los talleres para buscar el perfeccionamiento y la liberación, los pilares del librepensamiento. Sin embargo, muy pronto comprenderí­a que la sociedad a la que habí­a querido pertenecer desde que era jovencita reproducí­a los mismos prejuicios contra la mujer que imperaban en todas partes.

  La emancipación femenina seguí­a siendo una batalla perdida, tanto en la masonerí­a como fuera de ella. Hací­a dos años, en marzo de 1908, que se habí­a presentado en el Senado un proyecto de ley reclamando el voto femenino que argumentaba la contradicción que suponí­a que en España las mujeres pudieran ser reinas y no electoras. Pero el Senado habí­a rechazado aquel proyecto que habrí­a supuesto para Munda una alegrí­a en medio de tantas decepciones.

  Por otro lado, las logias femeninas de adopción, supeditadas a la logia adoptante masculina, apartaban a las mujeres de las funciones públicas. Las masonas no tení­an voz ni voto en las asambleas generales y carecí­an de peso especí­fico en el organigrama de la sociedad masónica, lo que implicaba su nula participación en la toma de decisiones de la orden. Los trabajos de sus talleres tení­an un carácter auxiliar y debí­an ser supervisados por hermanos varones que ostentasen como mí­nimo el grado de maestro.

  Munda habí­a tomado conciencia de que la mujer en la masonerí­a seguí­a siendo un individuo subordinado, tutelado y segregado, tal y como ocurrí­a en el mundo profano. Si se hubiese iniciado en una logia mixta como la de Manuel, tal vez habrí­a sido diferente, pero la masonerí­a regular se negaba por sistema a admitir ese tipo de talleres, así­ que los que habí­an conseguido formarse habí­an sido considerados irregulares por los Grandes Orientes. En su seno, todaví­a se escuchaban las voces de muchos hermanos que limitaban la función de la mujer a la de madre y esposa, refiriéndose a ellas con expresiones tan caducas como «el bello sexo», «mujer virtuosa y caritativa que ejerce una delicada misión en el hogar doméstico», «sacerdotisas encargadas de la educación moral y cí­vica de todas las generaciones». En definitiva, para sus hermanos masones, la mujer seguí­a siendo «el ángel del hogar», la figura más rechazada por Munda.



Chacón, Inma: Tiempo de arena.


Coimbra

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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #28 en: Agosto 04, 2014, 06:50:50:37 am »
Felicia -en un rasgo de admirable sadismo- se habí­a agenciado, a un precio exorbitante, un brillante loro misionero. Uno de esos loros justamente célebres por la rapidez con la que aprenden a hablar y la pasmosa claridad con que repiten sin cesar una consigna determinada. En este caso, las palabras que Felicia habí­a depositado en el pico del loro no eran muchas pero eran suficientes: ¿Por qué no te suicidas, Blas?

  Juran que Blas Fontana Lynch soportó el tormento durante tres años y que, cerca del final, habí­a ganado para su persona el aire digno y noble que nunca habí­a tenido y que, a veces, caracteriza a ciertos condenados por un crimen que nunca cometieron.

  Esperanto no podí­a evitar un escalofrí­o cada vez que se imaginaba a Blas Fontana Lynch desayunándose al compás del constante pedido del pajarraco programado por su mujer.

  Lynch buscando el refugio del sueño con la sugerencia ininterrumpida, rimada y chillona colgándole de los párpados. Blas Fontana Lynch lejos de su casa y aun así­ oyendo esa voz en la calle, en el auto, en el simbólico trabajo en las oficinas de un padre que -pronto estuvo seguro de ello- le preguntaba lo mismo que el loro, sólo que con otras palabras.

  Una noche en que Felicia volví­a de pasar la tarde con uno de sus numerosos amantes -un profesor de equitación de sonrisa diamantina y bigote engominado- la residencia de los Fontana Lynch la recibió con el más absoluto de los silencios y Felicia supo que algo habí­a salido bien. Blas Fontana Lynch le habí­a concedido el dí­a libre a la servidumbre para, después, quebrarle el espinazo al loro -el aire todaví­a sostení­a algunas plumas en mágica suspensión-, sumergirse en una bañera apoyada en cuatro garras de león y, finalmente, abrirse las venas. Felicia fingió un gritito de espanto, llamó a la policí­a y -como sentido homenaje a la memoria de su aliado con alas- le pagó un precio exorbitante al mejor embalsamador de animales de Buenos Aires.



Fresán, Rodrigo: Esperanto.



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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #29 en: Agosto 05, 2014, 07:51:51:49 am »
Según los wagneristas, habí­a que conocer a Schopenhauer y saber historia, mitologí­a germánica y hasta geologí­a para entender al maestro. En Wagner lo principal era el drama desarrollado, no la melodí­a. Un público que escuchaba un dí­a La Favorita y al otro Los maestros cantores o Lohengrin no podí­a acostumbrarse a sacarle jugo a Wagner. Habí­a que romper con el pasado musical. Otros discutí­an si el autor era pesimista u optimista, en una charla confusa, y mezclaban en su galimatí­as a Ibsen y a Tolstoi y suponí­an que de todo ello iba a salir la regeneración de la humanidad.

La mayorí­a de los wagneristas entusiastas eran médicos e ingenieros jóvenes. Los amigos de las óperas italianas eran casi todos viejos.

No se poní­an de acuerdo los unos y los otros. Para los partidarios de la música italiana la obertura de Tannhí¤user era algo horrible, pasado, largo y fastidioso; en cambio, para los entusiastas era magní­fico, admirable y la más completa obra de arte que se podí­a escuchar.

Se debatí­a también la cuestión de cómo se pronunciaba Tannhí¤user. Algunos llamaban al autor Uañer y a la obra Tanoser; así­ lo habí­an oí­do en Parí­s, donde suponí­an se sabí­a con perfección todo lo divino y lo humano. Otros explicaban la pronunciación en alemán del nombre, como si fuera algo abstruso que necesitara estudios complicados. Decí­an cómo í¤u en alemán, con diéresis, era eu y eu era oi, con lo cual Tannhí¤user se pronunciaba algo así­ como Tannjoiser.

Los viejos aficionados replicaban que todo aquello era bárbaro, pesado e incomprensible y que la música de verdad era la de Donizetti, Bellini y Verdi. Los wagneristas, tan incomprensivos como los otros, creí­an que constituí­a un baldón para el mundo el que existieran óperas como Lucí­a, Sonámbula o Rigoletto.



Baroja, Pí­o: Las noches del Buen Retiro.