Autor Tema: Fragmentos literarios  (Leído 44043 veces)

Coimbra

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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #30 en: Agosto 06, 2014, 07:36:36:52 am »
Continuamos caminando y llegamos a Francisco de Rojas, donde nos tocó esperar al semáforo verde del paso de peatones, frente a las Oficinas Toledo. Reconstruyo perfectamente aquella escena y el silencio que se hizo en la espera. Recuerdo, como si la estuviera viendo ahora mismo, a mi derecha, ella mirando hacia el tráfico de su izquierda. Casi a mí­. ¡Cuántas veces he recordado su boca cerrada que brillaba bajo la luz amarillenta de las farolas! Esos labios se me han quedado clavados a fuego en mi recuerdo, y me han acompañado siempre en mi retentiva. Todas las veces que he pasado por la calle Sagasta, he mirado aquel paso de peatones. Y si he pasado andando, me he llegado a parar, a recordar aquel cuadro en el cual los dos permanecí­amos en silencio junto a aquel semáforo. Ya fuera de noche o de dí­a, en verano o en invierno, he recreado, no sé cuántas veces, aquel momento. Ese cruce lo habí­a pasado en muchas ocasiones anteriormente, pero la situación, la expectativa que tení­a aquella tarde, no era la misma que la de otros dí­as.

Fue sin lugar a dudas, uno de los momentos más eróticos que disfruté en mi vida. Y fue allí­, los dos vestidos hasta arriba, de riguroso invierno madrileño, que todos sabemos lo que significa. ¡Y sin rozarnos! Con ella aprendí­ el significado de aquella palabra.



Dí­az Domí­nguez, Carlos: Los impares de Sagasta.

Coimbra

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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #31 en: Agosto 07, 2014, 07:51:51:41 am »
Sabí­a que el dolor, tanto fí­sico como moral, se debí­a en parte a nuestra indignación ante el dolor, a nuestro asombro frente él, a nuestra negativa a aceptarlo. Para no sufrir, usaba siempre el mismo truco: contar. Si, habí­a que comprobar, con una mirada lo más indiferente posible, la presencia de los objetos y los seres reunidos por la situación dolorosa. Nombrarlos muy sencillamente, unos después de otros, hasta que su total inverosimilitud saltara a la vista. Así­, los enumeraba ahora fijándose primero en aquellas cortinas cuyos bordes estaban sujetos uno a otro por media docena de pinzas de tender la ropa. Esas cortinas oscuras, el techo alumbrado oblicuamente por una lámpara colocada sobre una silla. Y en el techo, en la pared también, las dos sombras angulosas de un negro violento: la primera, en forma de M mayúscula, era la de las piernas dobladas de una mujer acostada boca arriba. Y la otra figura, móvil, una cabeza gigantesca de dos cuernos, asomando, a intervalos, por entre los triángulos de las piernas dobladas. Si, las dos mujeres unidas por el trabajo silencioso que realizaba una de ellas en el cuerpo de la otra, en aquella habitación asfixiante, a última hora de una tarde de agosto.

Un dolor preciso, agudo como el de una picadura, le hizo apretar fuertemente los párpados interrumpiendo su enumeración. Habí­a que reanudarla pronto para no volver a indignarse. Si, ese sol de agosto cuya lentitud polvorienta se reconoce a pesar de las cortinas y los postigos cerrados. Y detrás de los postigos, en la acera, a unos centí­metros del interior protegido de la estancia, el encuentro de dos transeúntes, sus palabras («Se lo digo yo, poca carne veremos el año que viene...»), luego el martilleo de un tranví­a y, como respuesta, el tintineo sonoro de los vasos en el armario. Y como amplificación de este ruido demasiado tenue, el sonido de un instrumento metálico sobre una bandeja.
      
La cabeza cubierta con una ancha tela atada con dos nudos reapareció al extremo de aquella mesa de operaciones improvisada. «¿No te hago mucho daño?» Y volvió a hundirse entre las rodillas abiertas de la paciente.
      
Aquella sonrisa silenciosa habí­a que incluirla también en su inventario. Y ampliarlo buscando la mayor precisión de detalles. Un cuarto estrecho, un increí­ble amontonamiento de muebles: aquel armario de madera casi negra, un secreter, un piano con dos candeleras fijados a ambos extremos del teclado, dos butacas apretujadas como en una sala de cine, un velador, unos estantes..., todo ello sobrecargado de libros, estatuillas, chucherí­as, floreros con haces de tallos secos. En las paredes, la marqueterí­a de los cuadros, retratos antiguos de rasgos apenas distinguibles, paisajes claros, aéreos y, sin transición, la geometrí­a abstracta. En el ángulo, casi bajo el techo, el rectángulo pardo y dorado de un icono camuflado bajo un largo trozo de tela... En medio de este batiburrillo, aquellas sábanas rí­gidas, frescas, el olor a alcohol, la mesa semejante a un banco de hielo. Detrás de la ventana, algunos gritos coreados, esos ecos perdidos que los participantes se llevan maquinalmente después de una manifestación o una fiesta. Una brizna musical se teje: el sollozo alegre de un acordeón que hace adivinar, por su tonalidad, la perspectiva de la avenida en el calor de agosto...
      
El dolor cambió de í­ndole, haciéndose más áspero, más humillante en su trivialidad fisiológica. Olga sintió que las palabras bullí­an ya en ella e iban a acusar, en una queja indignada, muda, a su propia estupidez («¡Qué imbécil! ¡A mi edad!»), a la perfidia vigilante y mezquina de la vida («¡El momento ha sido bien escogido, ni que decir tiene! O, mejor, soy yo la que ha sido bien escogida; de lo contrario, habrí­a podido guardar algunas ilusiones sobre el mejor de los mundos...»). Se apresuró a reanudar su juego de inventario... Si, esos gritos festivos detrás de la ventana: el segundo aniversario de la liberación de Parí­s... Por la mañana, al dirigirse a casa de su amiga, habí­a advertido la abundancia de banderas en las fachadas... Si, esta ciudad a la vez animada y soñolienta, esta casa de un piso en la periferia del distrito quince, este sol que se aplasta contra los postigos cerrados de la planta baja. Y en una habitación aislada del mundo, dos mujeres. La primera, tendida en una mesa cubierta con una sábana, la segunda, inclinada sobre el bajo vientre de la primera, con la cabeza agrandada por una enorme toca blanca y cornuda, practicando un aborto clandestino.



Makine, Andrei: El crimen de Olga Arbelina.


Coimbra

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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #32 en: Agosto 08, 2014, 07:59:59:54 am »
Dormí­ hasta el mediodí­a. ¿Cómo me sentí­a cuando desperté? En el barrio habí­a una gata callejera que se acercaba a mí­ para que la acariciara, con la esperanza de que la adoptara y le permitiera organizarme la vida. Era una gata siamesa apolillada, pero ella creí­a ser la reencarnación de una princesa egipcia. Pocos dí­as antes, al abrir la puerta trasera, me topé con la hija del faraón sentada en el porche y con los restos de lo que debí­a de ser un pájaro en la boca. Me lanzó una mirada mimosa y depositó con delicadeza el cadáver a mis pies. Supongo que era un regalo, una especie de adelanto previo a su mudanza a casa.

Pues yo me sentí­a igual que aquel pájaro, con los ojos vidriosos y tan dolorido como si me hubieran mordido todo el cuerpo. Enredado en una maraña de sábanas sudadas, contemplaba la lámpara que colgaba del techo y que parecí­a girar lentamente trazando una órbita elí­ptica. Háganme caso: no beban nunca seis bourbons después de haberse tomado tres gimlets. Cuando conseguí­ despegar los labios lo suficiente para abrir la boca, me sorprendió que no escapara de ella un espeso humo verde.



Black, Benjamin: La rubia de ojos negros.


Galadriel

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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #33 en: Agosto 09, 2014, 00:28:28:20 am »
Bueno en realidad es un fragmento de un monólogo una peli, pero no he encontrado un hilo para ello. Asi que lo publico aquí­.

Es de la peli Sucker punch. Así­ quizás no diga mucho, pero viendo la peli, este párrafo impresiona bastante:

"¿Quién honra a quienes queremos con la vida que vivimos? ¿Quién enví­a monstruos para que nos maten y al mismo tiempo nos susurra que jamás moriremos? ¿Quién nos enseña qué es real y cómo reí­rnos de las mentiras? ¿Quien decide por qué vivimos y qué defenderemos con nuestra propia vida? ¿Quien nos encadena y quién tiene la llave que puede hacernos libres? Eres tú. Tienes todas las armas que necesitas. Ahora...¡lucha!" - Babydoll

Coimbra

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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #34 en: Agosto 09, 2014, 07:53:53:35 am »


-Policí­a, dí­game -respondieron muy rápidamente.

-Oiga, tengo un problema. Han intentado matarme.

-¿Está seguro? -la voz del policí­a no se mostró demasiado alarmada; estaba claro que aquel dí­a, el que alguien pudiera matarle no era algo que preocupase al resto de la Humanidad.

-Claro que estoy seguro. Mire, ha sido el novio de una antigua amiga. Bueno, en realidad ella y yo habí­amos sido algo más que amigos, ya sabe lo que quiero decir. La cosa es que ayer estuvimos en Cercedilla, donde la explosión, ¿se acuerda? No, con el novio no, con mi amiga y otro par de amigos. Y entonces vimos, mi amigo Baldo y yo, pasar a un tí­o que era clavado a un tipo que nos compra pañuelos, pero sin bigote. No, el del bigote tampoco es el novio de mi amiga. Luego vino lo de la explosión y no me volví­ a acordar del tipo del bigote. No, ya le he dicho que se habí­a quitado el bigote, pero antes lo llevaba, ¿me entiende? Y esta mañana, mi amigo no estaba en la esquina donde siempre quedamos. Luego, es cuando ha intentado matarme el novio de mi amiga. No, el novio de mi amiga no estaba en la esquina, estaba en la puerta de mi amigo Baldo. Sí­, eso es, la puerta de su casa. Y después de comer, me ha llamado mi amigo Baldo; hemos quedado a las seis, pero no ha aparecido. Y un coche blanco con los cristales ahumados me estaba esperando. No, mi amigo Baldo no tiene coche, eso es lo que trato de decirle. Un tipo con sudadera ha bajado del coche y no ha parado de dar vueltas por allí­. Y luego me ha parecido que dentro del coche estaba el tí­o del bigote, que ya no lleva bigote. ¿Que cómo lo he visto con los cristales ahumados? No, si en realidad no lo he visto, pero ha tirado un pañuelo de papel por la ventanilla. Estoy seguro de que era él. Y me quiere matar. ¿Lo entiende?

-Tiene usted que llamar a otro teléfono -respondió tranquilamente el policí­a-. Tome nota.

-¡Un momento, un momento! -Miguel rebuscó en los bolsillos algo con qué escribir pero no encontró nada-. Repita por favor, más despacio. Lo tengo, gracias.

Miguel colgó algo extrañado, pero, como era la primera vez que llamaba a la Policí­a, pensó que los encargados de problemas como el suyo tendrí­an un número distinto. Marcó de nuevo. Escuchó varias veces el tono de llamada, después descolgaron.

-Teléfono de la Esperanza, dí­game en qué podemos ayudarle. ¿Cómo dice?... Sí­ claro, desahóguese, no tenga miedo, yo le escucho... Lleva usted razón, el mundo está lleno de hijos de puta. ¡Oiga!... ¡Oiga!

Pero Miguel ya habí­a colgado, y a punto estuvo de romper el soporte del teléfono.


Buquerí­n, Ángel: Pañuelos de papel.

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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #35 en: Agosto 12, 2014, 06:38:38:53 am »
En la radio, la voz de Luis Herrero sonaba serena, educada, con una dicción perfecta. Garci, el director de cine, le interrumpí­a constantemente con su tono rasgado, grave, profundo e inteligente, y Luis Alberto de Cuenca añadí­a un tono más vibrante, solemne, casi musical. El programa «Cowboys de Medianoche» era una cita obligada para Miguel todas las noches de los viernes, e incluso cuando le era imposible escucharlo en directo, se descargaba el podcast para su atenta escucha. Le encantaba el cine, y aquel era un programa en el que se ensalzaba el cine por encima de todas las cosas, pero le fascinaban la corrección y el sublime manejo del idioma que ofrecí­an aquellos tres cowboys nocturnos. Los cortes musicales que precedí­an a la publicidad conducí­an a la ensoñación de tiempos antiguos, en blanco y negro o en diversas tonalidades de grises, a pantallas gigantes con el rostro de Clark Gable. Era un auténtico fanático de aquel programa. Ahora lo escuchaba con el sonido de la respiración rí­tmica de Natalia sobre su pecho y con el Iphone a su lado, a modo de pequeño transistor. El sueño acudí­a a su encuentro, pero pugnaba por evitar caer en sus brazos hasta que el programa finalizase. Natalia le habí­a hecho olvidar todas sus preocupaciones aquella noche, y el colofón del programa de radio era irresistible. 
 
Antes de cerrar los ojos, agradeció a la vida aquella aventura a la que le habí­a empujado. Ya la maldecirí­a más adelante, pero en aquel momento era feliz después de mucho tiempo.



Carnicero de la Cámara, Pablo:  Un tipo casi normal en una situación casi anormal.


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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #36 en: Agosto 13, 2014, 07:37:37:48 am »

«... Y necesito que recuerdes que me enseñaste a hacer barcos de papel con las hojas que arrancaba de mis libretas, que luego los dejábamos en el reguero del bordillo y se iban calle abajo al gran océano -como tú llamabas al Mediterráneo- con el resto de grandes barcos de papel que van cargados de sueños.

»Puedo recrear la escena como si fuera ahora que estás tan ausente y tan presente a la vez: yo en cuclillas poniendo el barquito en el arroyuelo, tú agarrándote la falda para no mojarte y pegada a mí­, con esa sonrisa tan tuya, mezcla de vida y desilusión por el pasado. Entonces no lo notaba, pero sabí­a que algo no iba bien, por eso focalizábamos la fuerza en el barco de papiroflexia. No me gustaban las pajaritas, no les encontraba el sentido. ¿Para qué? ¿De qué serví­an? Preferí­a galeones de hoja de libreta de cuadros o dos rayas. Les pintabas ancla y claraboyas con mi caricatura en alguno de los cí­rculos como si yo fuera el marinero que se asoma y... que viaja. «Sonrisa y buen viaje», decí­as. Siempre con una sonrisa porque creo que notabas que mi tendencia a la melancolí­a era genética o, quién sabe, culpa tuya por aquellos años de lapsus. ¡Qué cosas! Tanto insistir en esos viajes junto al bordillo y acabé igual. Por el mundo, haciendo fotos, pidiendo a los demás que sonrieran.

»Muchos años después me dijiste: «Siento esa nostalgia tuya, ese temor a la soledad, ese miedo a no ser suficientemente bueno», como si fueras la causante de mi carácter taciturno. Y no. Lo que pasa es que... tampoco podí­a decirte que el culpable fue él. Papá. Papá para lo bueno y para lo malo.

»Mamá, escúchame, si me escuchas, si existe algún recóndito lugar por el que colarme en tus recuerdos, déjame pasar y hablarte todo este tiempo después de lo más importante: has sido feliz. Tal vez no lo recuerdas, pero yo sí­. Me basta. í‰se fue el único objetivo de mi plan: tú.»




Huerta, Maxim: La noche soñada.



Coimbra

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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #37 en: Agosto 14, 2014, 07:49:49:00 am »
Al llegar al bar, Fulgencio empezó a encender las luces, la televisión, la cafetera, y a colocar las tazas y los platitos para los cafés que se tomarí­an los primeros clientes. Los taburetes de la barra tení­an encima una almohadilla roja que en la mayorí­a de los casos estaba rota y la espuma, oscurecida por la porquerí­a, se salí­a por los agujeros. Las mesas y las sillas nunca habí­an sido cambiadas, desde que las comprase el primer dueño del bar, y cuando alguna se rompí­a se reparaba de cualquier forma, por lo que muchas tení­an el respaldo de diferente color o material, y las patas, con frecuencia, lucí­an remiendos y vendajes de cinta aislante. Las paredes necesitaban una mano de pintura, y las ventanas no precisaban de cortinas porque el efecto por la suciedad que contení­an era traslúcido.

-No te quedes parada, vete a limpiar los baños -gritó el padre a la muchacha.
   
Con el cubo y las bayetas en la manos se dirigió a la parte trasera del bar, con sólo acercarse ya pudo oler los orines secos de varios dí­as, lo que le produjo arcadas, pero si no querí­a una buena bronca lo mejor era que empezara a limpiar lo antes posible.
     
Los baños eran pequeños y estrechos, el de señoras tení­a un espejo encima del lavabo y una repisa adornada con un jarrón de flores secas y mugrientas que algún dí­a debieron tener una tonalidad azulada. Los azulejos, algunos rotos, debí­an llevar años sin limpiarse. El baño de caballeros era aún peor, el suelo estaba pegajoso y el olor era insoportable, habí­a manchurrones por todos los sitios, mejor era no pensar de qué podí­an ser.

Llenó el cubo de agua, añadió jabón y comenzó a limpiar. Puso un tope en la puerta para que se mantuviese abierta y así­ poder respirar, era la única forma de ventilación posible ya que carecí­an de ventanas. 
   
Con un cuchillo rascó los pegotes de porquerí­a, y tuvo que utilizar un cepillo para quitar la capa que se habí­a formado sobre las paredes, parecí­a que aquellos muros se estaban derritiendo, aquellos chorretones caí­an junto a las gotas de agua grisáceas descubriendo su textura original.
     
En los primeros años de matrimonio Sara iba a hacer la limpieza del bar, pero con el embarazo dejó de hacerlo, y luego, al no tener con quien dejar primero a la niña y luego a los mellizos fue espaciando sus apariciones hasta hacerlas inexistentes. Así­ que el local habí­a ido adquiriendo solera con toda la porquerí­a que se iba acumulando, Fulgencio solí­a pasar un paño húmedo por la barra y las mesas, pero el suelo, las ventanas y los azulejos de las paredes rara vez veí­an el agua, y cuando sí­ lo hací­an era por encima. 
   
Los clientes, encantados de tener un lugar en el que reunirse con sus amigos, y así­ escapar unas horas de casa, no parecí­an dar importancia a la falta de higiene, es más, colaboraban en ello, tirando cosas al suelo y atinando poco en el retrete cuando hací­an uso de él.


Ordiz, Alicia: Andrajos.



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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #38 en: Agosto 15, 2014, 08:22:22:50 am »
Me eché a llorar, sobresaltándome incluso a mí­ mismo. Era un llanto de verdad, el llanto crudo e impotente de un niño. La señora Gray dejó lo que estaba haciendo, se volvió hacia mí­ y se me quedó mirando aterrada. Ya me habí­a visto llorar antes, pero habí­a sido de furia o para que ella obedeciera mi voluntad, no de ese modo, abyecto, indefenso, y supongo que de repente volvió a darse cuenta de lo joven que yo era, después de todo, y a qué ignotas profundidades me habí­a llevado. Se arrodilló en el colchón y me abrazó. Me produjo un escalofrí­o volver a estar en sus brazos ahora que estaba vestida, y cuando me incliné hacia ella y berreé de pena descubrí­, para mi agradable sorpresa, que volví­a a estar excitado, y me recosté y la arrastré conmigo y, a pesar de que se retorciera y protestara, deslicé las manos bajo sus ropas, y comenzamos de nuevo, y mis sollozos de miedo infantil y angustia se habí­an convertido ahora en el conocido y ronco jadeo que subí­a y subí­a en arco hasta el conocido grito final de triunfo y salvaje alivio.

Creo que fue el dí­a en que le manifesté mi intención de dejarla embarazada. Recuerdo la modorra de mediodí­a y los dos echados juntos en silencio en una maraña de miembros sudorosos, una avispa zumbando en la esquina de una ventana rota y una brizna humeante de sol procedente de uno de los agujeros del techo formando un ángulo en el suelo junto a nosotros. Yo habí­a meditado a menudo sobre el doloroso e inevitable hecho de la existencia del señor Gray, su imborrable marido, llegando a un estado de cólera reprimida, y la idea de llevar a cabo lo que seguramente serí­a la venganza definitiva sobre él apenas se habí­a formado en mi mente y ya me oí­a anunciarla en voz alta y como si fuera algo que necesariamente habí­a que llevar a cabo. Al principio me pareció que la señora Gray no lo comprendí­a, era incapaz de asimilar lo que yo habí­a dicho, y no es de extrañar: desde luego, no era la clase de cosa que una mujer en medio de una aventura más peligrosa de lo habitual esperarí­a oí­r de los labios de su amante menor de edad. Cuando la cogí­as desprevenida o le decí­as algo que era incapaz de comprender enseguida, solí­a hacer algo que también he observado en otras mujeres: permanecí­a muy callada y quieta, como si de repente se encontrara amenazada y procurara pasar desapercibida hasta que el peligro desapareciera. Así­ que se quedó unos momentos inmóvil, con la espalda y su cálido trasero apoyados en mi pecho y uno de mis brazos debajo de ella. A continuación se dio la vuelta violentamente hasta quedar de cara a mí­. Primero me miró incrédula, entonces me soltó un tremendo empujón con las dos manos en el pecho que me hizo resbalar hacia atrás sobre el colchón, hasta que mis omóplatos chocaron contra la pared.

-Esto que has dicho es muy desagradable, Alex Cleave -dijo con voz queda y terrible-. Deberí­a darte vergüenza, ya lo creo que sí­.

         

Banville, John: Antigua luz.

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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #39 en: Agosto 18, 2014, 07:32:32:59 am »
Rosa se apoya en las rodillas y lo mira, sintiendo que algo va mal en esa persona. Le viene a la mente un venado al que vio morir un dí­a. En la finca de un amigo de su padre criaban venados. Les daban maí­z desde una alambrada, porque el pasto que crecí­a en el terreno no era suficiente para alimentarlos. De vez en cuando, el hombre pedí­a a Joí£o Lucas Marcos Mateus que lo ayudara a sacrificar algunos de sus venados. Una de esas veces, Rosa acompañó a su padre. Iban de la mano. A Rosa le gustaba andar así­, a su lado. En la otra mano, su padre llevaba la escopeta, lo cual era un extraño contraste, pero extraordinariamente humano: en una mano un niño, en la otra un arma. En cuanto el amigo de Joí£o Lucas Marcos Mateus lanzó el maí­z a los venados, éstos acudieron corriendo para comer. Cuando estuvo cerca el primero, el padre de Rosa disparó y una hembra cayó al suelo de cemento en medio de un charco de sangre. Y mientras estaba así­, herida de muerte, se comí­a el maí­z que tení­a al alcance de la lengua. Se estaba muriendo, pero seguí­a masticando. Pese a estar sufriendo una muerte espantosa, mientras se desvanecí­a y se desangraba, su lengua buscaba el maí­z. Aquella imagen causó a Rosa una gran confusión: a veces la naturaleza no sabe muy bien qué hace y a veces lo altera todo. El profesor también es así­. Rosa lo mira con otros ojos desde que lo vio encogido, protegiéndose de las patadas de Ari. Después de aquella paliza, muchas cosas cambiaron, y no sólo las costillas y los dientes del profesor. La relación entera sufrió una sacudida igual de violenta: perdió dientes, se hirió la nariz, se magulló las costillas.


Cruz, Alfonso: Jesucristo bebí­a cerveza.



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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #40 en: Agosto 19, 2014, 07:23:23:37 am »
No siempre dispongo de tiempo para ducharme, pero sí­ para tomarme el café que siempre hay hecho en la cafetera y para afeitarme porque me dan verdadero asco los tí­os que vagan por la urbanización sin afeitar. Cuando uno opta por salir a la calle sin afeitar es que ha caí­do muy bajo, es que necesita tratamiento. Es algo que me hizo ver mi madre muy pronto, cuando en Primaria entraba en el cole a las nueve y media, y a las nueve me poní­a el anorak, el gorro y los guantes, y a las nueve y cuarto parábamos en el quiosco para comprarme un bollo y el quiosquero a veces no se habí­a afeitado, de modo que las puntas negras surcaban la doble papada hacia el cuello alto del jersey de lana.

¡Qué cerdo!, exclamaba mi madre en cuanto nos alejábamos de allí­.

Parece enfermo, decí­a yo.

Porque los pobres enfermos no pueden afeitarse si no los afeita alguien, pero éste no tiene disculpa. Es un falso enfermo.

Así­ que los tipos que aprovechan el fin de semana para dejar de afeitarse me parecen bastante irrespetuosos con su familia, a la que hacen tragar con esos pelos negros, o, peor aún, canosos, hastiados y abandonados a crecer en sus repugnantes caretos. Hay que decir a favor de mi padre que hiciese lo que hiciese nunca dejó de afeitarse. Cuando estaba en casa, bajaba a desayunar en pijama, pero afeitado y oliendo a colonia Lavanda, por lo que no importaba nada darle un beso. Quizá por eso mi madre nunca dejó de quererle ni siquiera en su mejor etapa con Mí­ster Piernas.



Sánchez, Clara: íšltimas noticias del paraí­so.


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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #41 en: Agosto 20, 2014, 07:38:38:41 am »
           12

¡Soledad, soledad, tú me acompañas
y de tu propia pena me libertas!
 Solo, quiero estar solo:
que si suena una voz aquí­ a mi lado
o si una boca en la boca me besa,
te escapas tú, vergonzosa y ligera.

Tan para ti me quieres
que ni al viento consientes sus caricias,
tú en el hogar el chasquido del fuego:
o ellos o tú.
Y sólo cuando callan fuego y viento
y besos y palabras,
te entregas tú por compañera mí­a.
Y me destila las verdades dulces
la divina mentira de estar solo.


Salinas, Pedro: Presagios.

Coimbra

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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #42 en: Agosto 21, 2014, 07:14:14:30 am »
A medida que se acercaban los exámenes de licenciatura, algunos profesores mostraban creciente irritación ante el comportamiento de Gertrude Stein. Los profesores de más prestigio, como Halstead, Osler y otros, conocedores de la capacidad de Gertrude Stein para el trabajo de investigación cientí­fica, consideraron que los exámenes de medicina eran, para ella, una cuestión puramente formal, y la aprobaron. Pero habí­a otros profesores que no eran tan benévolos. Gertrude Stein reí­a siempre, y esto le creaba dificultades. Decí­a a sus amigos que era absurdo que los profesores le formularan preguntas que ella no tení­a ganas de contestar, cuando podí­an formularlas a otros alumnos que deseaban ardientemente tener la oportunidad de contestarlas. Sin embargo, los profesores le preguntaban, de vez en cuando, y, como sea que miss Stein no sabí­a las respuestas, no podí­a hacer otra cosa que no contestar, pero los profesores pensaban que si miss Stein no contestaba las preguntas ello se debí­a a que no les consideraba dignos de recibir sus respuestas. Tal como decí­a miss Stein, su situación era difí­cil. No podí­a pedir disculpas, y alegar que se aburrí­a, y que se aburrí­a tanto que ni siquiera podí­a recordar las cosas que los alumnos menos dotados recordaban perfectamente. Uno de los profesores dijo que, aun cuando le constaba que los más prestigiosos de sus compañeros la aprobarí­an, él estaba dispuesto a darle una lección, y que le pondrí­a notas bajas. Así­ lo hizo, y Gertrude Stein no obtuvo el tí­tulo. Esto produjo una gran conmoción en la Escuela de Medicina. Marion Walker, í­ntima amiga de Gertrude Stein, le habí­a rogado que se esforzara un poco, y le dijo: «Gertrude, acuérdate de los derechos y el prestigio de la mujer.» Y Gertrude Stein contestó: «No sabes la fuerza que tiene el aburrimiento.»

El profesor que la habí­a suspendido la llamó a su despacho. Miss Stein fue. Y el profesor le dijo: «Como es natural, miss Stein, lo único que tiene que hacer es estudiar durante el verano, y puede estar segura de que en los exámenes de otoño obtendrá la licenciatura.» Gertrude Stein contestó: «De ninguna manera, muchas gracias. No sabe usted cuán agradecida le estoy. Es tanta mi inercia y tan poca mi iniciativa que si usted no me hubiera impedido licenciarme, no digo que me hubiera dedicado a la medicina, pero sí­, probablemente, a la psicologí­a patológica, y usted ignora lo mucho que me aburre la psicologí­a patológica, y lo insoportable que me resulta la medicina.» El profesor quedó anonadado. Y así­ terminaron los estudios de medicina de miss Stein.


Stein, Gertrude: Autobiografí­a de Alice B. Tokla.


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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #43 en: Agosto 25, 2014, 10:08:08:21 am »
Antonio recordaba que, una tarde, cuando tení­a cinco o seis años, jugaba junto a la carretera, cerca de su casa, cuando un desconocido que cruzaba el pueblo se detuvo a descansar. Era un hombre demacrado de barba blanca, de setenta y pico años, vestido con una túnica de saco y sandalias, que se ayudaba con un bastón y llevaba una cartera de piel colgada del hombro izquierdo. Tení­a una expresión amable, y tras sentarse debajo de un árbol, llamó a Antonio y le pidió que le llenara de agua la botella vací­a que llevaba. Después de que Antonio se la hubiera llenado en una fuente cercana, y de que el desconocido hubiera bebido frugalmente, miró a su alrededor y le preguntó a Antonio el nombre del pueblo, y la distancia que mediaba hasta el pueblo siguiente en dirección norte, y otras preguntas acerca de la zona. Antonio habló sin cortapisas y con educación, con lo que el hombre le felicitó por sus modales y le preguntó qué querí­a hacer con su vida cuando fuera mayor. Antonio no lo habí­a pensado; pero al imaginar lo que le agradarí­a a su madre y a su abuelo Domenico, ambos muy religiosos, contestó que desearí­a ser sacerdote.

-Pareces un muchacho muy simpático -dijo el hombre-. Serí­as un buen sacerdote. Y aunque no acabes siendo sacerdote, veo que en el futuro te ocurrirán muchas cosas maravillosas.

El hombre no tardó en reemprender su camino, y cuando Antonio volvió a casa le contó a su madre aquella predicción favorable. Inmediatamente alarmada, Maria especuló que aquel desconocido intentaba lanzar un maleficio sobre su futuro. Maria enseguida fue a consultar con su padre, que estaba al otro lado del patio; a continuación regresó y le dijo a Antonio que tení­a que ir detrás de ese hombre enseguida, mirarle directamente a los ojos y afirmar que le habí­a dado una información falsa. Si el hombre hací­a más preguntas, le advirtió, Antonio no tení­a que contestarle sino volver directamente a casa.

Confuso pero obediente, Antonio salió corriendo por la puerta y tomó la carretera por la que se habí­a alejado el hombre. Pero no le vio por ninguna parte. Antonio traspasó los lí­mites de Maida y siguió hacia el norte unos cuantos kilómetros en dirección al pueblo siguiente, Nicastro. Después de haber perdido la esperanza de encontrarlo, pues entre las personas a las que preguntó por el camino nadie parecí­a haberle visto, dio media vuelta y volvió a Maida. Querí­a regresar a casa antes de que oscureciera. De camino se encontró a sus preocupados padres y abuelo, que temí­an que se hubiera perdido. Al ver que se encontraba bien, le transmitieron su decepción cuando Antonio confesó que no habí­a encontrado al anciano. Su madre y su abuelo parecí­an especialmente alterados, aunque no le riñeron ni expresaron su frustración. Tan solo hablaron entre ellos de vuelta a casa, quedándose unos pasos por detrás de Antonio y su padre, que le rodeaba el hombro con el brazo y le decí­a palabras de consuelo mientras lo mantení­a alejado de lo que se estaba comentando tras ellos, pues Maria de vez en cuando levantaba la voz y revelaba su preocupación sobre las consecuencias, las posibles consecuencias, de lo que habí­a ocurrido. ¿Y qué habí­a ocurrido? Antonio no lo sabí­a. Y nunca lo sabrí­a con exactitud, pues nadie de su familia fue capaz de explicárselo adecuadamente. Todo lo que comprendió fue que algo le habí­a sucedido, algo en apariencia agradable pero de intención posiblemente maléfica. Como no habí­a sido capaz de enfrentarse al hombre para que este se retractara, un mal presagio flotaba en el aire, un pronóstico que (aunque positivo) podí­a acarrear resultados negativos aun cuando llegara a cumplirse. En el mejor de los casos podí­a causar orgullo y engreimiento; en el peor, la envidia de los demás, su desprecio y quizá su venganza. En cualquier caso, podí­a tener resultados desfavorables. Y sin embargo, era parte de la carga psí­quica de Antonio, parte de la herencia que habí­a recibido de niño en Maida y que se habí­a llevado con él a Francia y lo habí­a acompañado durante casi tres años en la ciudad más ilustrada y sofisticada de Europa. Ahora, de vuelta del campo de batalla, regresaba a casa con esa carga, cojeando con ella en un andén de la estación de Nápoles, a un metro de un grupo de gente que habí­a caí­do al suelo gritando mientras descargaban los ataúdes del tren.



Talese, Gay: Los hijos.



Coimbra

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Re:Fragmentos literarios
« Respuesta #44 en: Agosto 26, 2014, 08:37:37:36 am »
ígor Stern no tení­a miedo. Se habí­a inmunizado a los nueve años, cuando una unidad de cosacos le arrancó la piel a tiras a su padre en Sebastopol. Durante horas lo oyó gritar mientras la piel se le desprendí­a de los músculos y le colgaba en las pantorrillas como jirones de una vieja camisa. Uno de los cosacos lo roció de gasolina y obligó a ígor a prenderle fuego con una antorcha. Lo hizo sin dudar y durante varios minutos contempló fascinado cómo la tea humana en que se convirtió su padre se revolví­a en la nieve iluminando la noche.

Después de aquello, todo habí­a sido mucho más sencillo en su vida.

Que ahora fueran a fusilarlo no era nada extraordinario. Era el propio Stalin quien habí­a dicho «si alguien viene a nosotros con una espada, por la espada morirá. Tales son los cimientos de la tierra rusa». í‰l habí­a vivido sus veinte años como solo viven los lobos: libre, salvaje, tomando por la fuerza lo que el destino le negaba. Matar, morir, disfrutar, padecer, amar y odiar era lo que podí­a esperarse de la existencia. No era un cobarde, ni suplicarí­a por su vida como habí­a visto a los que le habí­an precedido en el paredón de la cárcel. Algunos se habí­an cagado encima y su mierda dejaba un rastro en la nieve pisoteada. De no haber estado con las manos amarradas, el propio ígor los habrí­a atravesado con una bayoneta. Odiaba a los débiles. Condenado a muerte. ¿No lo estaban acaso todos los vivos?

Mientras esperaba su turno (los fusilamientos eran por parejas), ígor tarareaba una canción que habí­a hecho popular la gran Orlova, la musa del cine y la danza. Si de algo debí­a quejarse, era de no haber podido disfrutar de esa clase de placeres. Aunque afirmaba sin rubor, como Lenin, que no entendí­a nada de arte, sentí­a algo especial cuando veí­a una obra de teatro o escuchaba una orquesta. Como las fieras, también él intuí­a un poder que no era posible domeñar en las expresiones que nací­an del interior del alma humana. A veces se burlaba de su suerte, preguntándose si también podrí­a haber sido un lí­der como Stalin de haber caí­do en manos de los popes en vez de ir a parar a una banda de mercenarios. ¿Qué habrí­a pasado si hubiese podido desarrollar esa hermosa voz que todos decí­an que poseí­a? ¿Podrí­a haber cantado en la Gran í“pera de Moscú?¿Podrí­a haber sido quizás amante de la Orlova? Podrí­a. Pero lo más fácil era aceptar que su canto sonaba mejor en la soledad de la noche, como un lobo aullando bajo aquella preciosa luna que alumbraba el paredón manchado de sesos. Cuando le tocó el turno avanzó por su propio pie. No necesitó que le animaran a hacerlo con la punta de las bayonetas como a su compañero de ejecución, un maldito georgiano, llorón. ¿También habí­a llorado cuando violaba y mataba a niñas y mujeres? Seguramente, no. Entonces debí­a de mostrarse feroz, como un perro rabioso.

-Compórtate, maricón, o yo mismo te arrancaré la yugular de un mordisco antes de que esos mierdas te metan un tiro en el pecho -le gruñó con rabia.

¿A cuántos habí­a matado ígor? ¿Por qué razones? Qué importaba eso ahora. Robos, violaciones, asesinatos. Cientos de peleas que atestiguaban sus cicatrices por todo el cuerpo, años de correccionales y cárceles que le habí­an dejado la piel sembrada de tatuajes, una por cada año en prisión. No podí­a esperarse una larga vida, pero sí­ una vida satisfecha. Que se fueran a tomar por el culo la piedad y la clemencia, Dios y los ángeles. En la vida solo existí­a el momento. Y el suyo tocaba a su fin. ¿Por qué no disparaban de una vez? Estaba harto de escuchar los lamentos del jodido georgiano. Hací­a frí­o y estaba a punto de volver a nevar. El jefe del pelotón no habí­a dado la orden de apuntar. Seis fusiles contra dos pechos, era fácil concentrar los disparos a poco que mantuvieran el pulso firme y no cerraran los ojos al efectuar la descarga. ígor los miraba con odio. Niños, pensó, reclutas que tienen un miedo atroz.

-¡Se me está enfriando el culo, camarada!



Del Árbol, Ví­ctor: Un millón de gotas.